viernes 6 de noviembre de 2009

yo conmigo sin ellos


Hoy desperté lejos, aislada de los que quiero; de aquellos con los que no podría vivir si me faltasen. Y descubro que me faltan... ellos están allá y yo estoy acá. ¿Cómo es que (sobre)vivo entonces?

Gente nueva. Esa es la respuesta. Nuevas historias, nuevas anécdotas, nuevos humores y nuevas peleas. Me encariño y doy abrazos correspondidos, sonrisas correspondidas y afecto correspondido. Sé que voy a extrañar cuando llegue el día de regresar. Sé que lloraré porque sabré que la mayoría de las despedidas que aquí tendré serán para siempre.

Miro hacia el espejo y veo a alguien igual a mí, con mi ropa y mi cara de haber despertado recién. Me impresiono con lo parecidas que somos. Veo que es una niña que está emocionalmente hiperventilada. ¿Conclusión? Soy yo.

Si algo me causaba gracia allá, acá es el mejor chiste que he escuchado. Si algo me daba un poco de pena allá, acá es la peor tragedia; si allá les decía 'te quiero', acá a los mismos les digo 'te amo'. ¿Es eso el resultado de una carga emocional muy grande por estar lejos o es crecimiento?

Prefiero pensar que estar acá -en vez de estar allá- me ha servido para querer más, para reír más, para disfrutar más, para extrañar más y llorar de la misma forma.

Ellos ríen y no aporto con mi risa; ellos lloran y no pongo el hombro; ellos comen y yo no los acompaño. Todo porque estoy lejos. ¿Valdrá la pena? No sé. Hoy no sé nada. Me aguanto las lágrimas y comienzo a escribir.




martes 13 de octubre de 2009



se puso nerviosa y no habló. yo no hago eso. yo prefiero mirar por la ventana.


domingo 11 de octubre de 2009

YUESEI. De Chile con amor

un mes en esta cultura freak. una vez me sentí discriminada. una vez vomité la comida plástica que comen en este país. una vez me tiraron piedras porque mis negros atacantes creyeron (no sé por qué) que los había discriminado. una vez lloré porque necesitaba cariño. una vez toqué piano creyendo que nadie me escuchaba. una vez mentí porque fui incapaz de decir 'no quiero' e inventé una excusa. una vez di un abrazo y un beso sin importarme qué pensará esa persona. una vez comí empanadas, aunque hechas por una amiga uruguaya. una vez me maquillé como zombie y fui a carretear; me sentí ridícula porque no tenía disfraz. una vez vi/escuché una competencia de eructos en el casino, a la hora del almuerzo. una vez vi a Obama en un discurso. una vez me hackearon mis dos cuentas de correo. una vez me preguntaron si Chile quedaba en Europa; otra, si quedaba en África. una vez me puse a dieta y otra vez la terminé. una vez grité 'conchasumadre weón' en la calle y un chileno me respondió. una vez comí unas galletas con chips de chocolate y me enamoré de ellas. una vez vi el calendario y me di cuenta que llevo un mes aquí;un mes en esta cultura freak llamada yuesei.-





domingo 22 de marzo de 2009

mil tres, mil dos, mil uno, mil





y empezó la cuenta regresiva:

para irme far far away
para que lleguen mis primos
para que mi hermana termine su práctica
para que periodismo se vaya a curauma :(
para que Chile prepare la contrademanda para La Haya
para que me paguen mi primer sueldo de ayudante
para pagar el arriendo
para pensar en mi tesis
para ver a radiohead
para comprar la entrada de oasis
para cumplir los esperados 21
para salir de la u y darme cuenta que ya nada será como antes

...comienzo a contar.

lunes 7 de julio de 2008

mi día final

Cuando me mate quiero sea desde un edificio. No me lanzaré desde la ventana, prefiero las azoteas como en las películas. Cuando esté arriba cantaré una canción del Rey León y bailaré como Mary Poppins.

Cuando me mate me voy a vestir de verde porque es mi color favorito, me pondré esos aros que una vez compré y que nunca uso y me dejaré el pelo suelto. Usaré las zapatillas doradas que me regaló mi hermana y los calcetines con sapitos azules que robé de un cajón de mi casa.

Cuando me mate quiero que sea día miércoles, para que así mis amigos, familiares y todos quienes me quieren tengan fin de semana largo (entre velorio, misa, funeral y esas cosas). Además, si es en mitad de la semana, van a pensar que es por algo de la universidad, y van a eliminar “Ética” de la malla curricular, haciéndole un favor a mis compañeros.

Cuando me mate voy a escribir en una hoja todos mis grandes secretos. Lo escribiré con el lápiz que tiene olor y lanzaré la hoja para que se la lleve el viento. Le llegará en los pies a alguien. La leerá y luego la botará a la basura, lo que no me importa porque por lo menos me aseguro de que alguien supo hasta lo más oculto de mi vida.

Cuando me mate estaré nerviosa, asustada, pensando si lo hago o no. Finalmente me tiraré edificio abajo, después de titubear unos 34 minutos. Cuando esté cayendo desde una altura de 19 pisos pensaré en mi mamá y mi papá. En mis hermanos; mi amigo; mi mejor amigo; mi amiga; mi mejor amiga. Pensaré en mis primos chicos; en los grandes también. Me acordaré de mi perro; de lo que se siente al dar un beso y de mi guitarra.

Cuando me mate estaré arrepentida, pero ya no habrá nada que hacer. Estiraré los brazos para aprovechar los últimos segundos de vida que me quedarán. Me sentiré como Superman, pero no le podré contar a nadie… será sólo una sensación.
Cuando me mate deberán volar las vacas, hablar los elefantes y fumar las suricatas. Ese día (y sólo ese día) acabaré con mi vida. Por mientras sigo siendo una cobarde que prefiere vivir la vida mirando las nubes y comiendo chocolate… y así seguiré.

sábado 19 de abril de 2008

palabras en exilio

Te tomé la mano un momento y nunca más me soltaste.
Sabías que no me molestaba. Sabías que me acomodaba mirar la vida de esa forma, mas nunca lo escuchaste de mi boca.
Tal vez porque mi mente nunca le ordenó a mi voz dar vida a esas palabras.
Ellas fueron abortadas; negadas de su derecho a vivir los 3 segundos que les son permitidos en nuestra vida de señales y respuestas.
Hubo unas que tuvieron mejor suerte y lograron su silueta inicial, pero fueron silenciadas; calladas sin razón por el sólo hecho de contraDECIR a lo que mi mente pensaba -pero que no creía-.
Palabras que por haberlas encontrado inapropiadas, me encargué de perseguir, encontrar y torturar.
Palabras que fueron exiliadas a otras personas; a otras vidas; a otras conversaciones. Exiliadas a canciones, películas y poemas en donde el exceso de ellas hizo que su valor intrínseco se perdiera cada vez más.

Ahora ya han pasado más de 20 lunas nuevas.
Me arrepiento por la crueldad de mis actos y por el dolor que causé a ese montón de letras tomadas de las manos. Entendí que ellas no son culpables de querer existir; de querer cobrar vida con un soplo de aire; de querer saber qué es lo que se siente llegar a los oídos y al corazón de alguien al mismo tiempo.

Supe que volvieron a mi mente. Me contaron que, hace aproximadamente un mes, comenzaron a jugar en el parque de mi cabeza… así… como lo habían hecho alguna vez.
Les pedí perdón. Les ofrecí salir hacia tus oídos las veces que quisieran, como nunca lo había hecho con ninguna otra palabra...

Lo pensaron durante siete milésimas de segundos –una eternidad si se considera la esperanza de vida de una palabra-. Finalmente me perdonaron. Me contaron que durante el exilio aprendieron a hacerse más fuertes y, por ende, más sinceras, profundas e indestructibles.

Estaba todo listo para el gran momento: las palabras justas en su peso, mi mente dispuesta y tolerante, mi vergüenza escondida tras un antifaz y tú frente a mí…
Las dejo salir, mas tú no me miras.
Lo intento de nuevo y… nada. Sólo veo que dos lágrimas caen desde tus ojos y chocan con un cristal que protege mi cara. ¿No me estás escuchando acaso?


Claro que no. Recién ahí me doy cuenta que no sólo es necesario ocultar la fea vergüenza para dejar que sinceras palabras fluyan desde mis labios hacia tus oídos, tus ojos o tu boca. También se requiere de algo fundamental: el aire apropiado.

Veo que mi aire de ataúd no sirve; que sólo huele a flores húmedas y que en él sólo pudieron permanecer palabras como Dios, amén, alma o paz. Me doy cuenta de que estoy muerta; que ya no respiramos el mismo aire; que te hablo, pero no me escuchas. Ni me escucharás… nunca lo harás.

Morí sin decirte las palabras más lindas que podría haber pronunciado. Nunca perdonaré a mi mente dictatorial que las censuró; que las mutiló letra por letra sólo por estar pintadas de un color que está prohibido para personas como tú o como yo.
Es cierto: te tomé la mano un día y nunca más me soltaste… Yo te solté a ti.

domingo 13 de enero de 2008

pies DESCALZOS

Hace cinco años me viste descalza, con los pies heridos, caminando por la calle.
Gentilmente me ofreciste tus zapatillas que, acorde con tu vestimenta, eran negras y descuidadas.
Antes de que te las quitaras, me lavaste los pies con el resto de agua que quedaba en tu botella. Yo sólo te miraba.
Observé tus manos, la guitarra en tu espalda y tu pelo verde. Todo eso era extraño. Personas como tú había visto, pero nunca tan de cerca.

Terminaste de curarme, te quitaste las zapatillas y me las pusiste cuidadosamente.
“Puede que te queden un poco grandes, pero te acostumbrarás”, fue lo primero que dijiste. Luego te pusiste de pie con un poco de dificultad, a causa de tu guitarra.
Sentada en el pavimento, intentaba comprender lo que recién habías hecho. No alcancé a hacerlo, pues inmediatamente extendiste tu mano hacia la mía para ayudarme a pararme.

Comenzamos a caminar por esa larga calle que parecía no tener fin. Tomados de la mano, yo con tus zapatillas, tú descalzo.
Comenzaste a cantar para amenizar la caminata. “Me encanta esa canción”, te dije. Ahí te hablé por primera vez.
Cantando, caminando y de la mano llegamos a un desvío. Recordé que a través de él podía llegar más rápido a mi casa, pero tú insistías en que fuéramos a tomar un helado de vainilla.

No sé que me pasó; tampoco por qué lo hice.
Te di un abrazo, un beso en la mejilla, y te recomendé que no pintaras más tu pelo porque se pondría feo. Me miraste y sonreíste.
Comencé a caminar por el desvío que me llevaría hacia mi casa. No llevaba ni cinco minutos y recordé que no te había dado las gracias. Me di vuelta para ver si estabas, pero ya te habías ido.
Pasaron los años y tus zapatillas me siguieron acompañando.
Una vez casi se las regalé a alguien a quien vi descalzo. Se las ofrecí, pero las rechazó con el argumento de que estaba esperando un calzado de mejor calidad, bonito y bien cuidado. Fue una gran decepción.

Hace cinco meses te vi descalzo, con los pies heridos, caminando por la calle.
Me asusté, me puse nerviosa, me cohibí. Pensé que estarías enojado conmigo; enojado porque esa persona que te dejó descalzo nunca te dio las gracias. Observé tu pelo oscuro y me di cuenta que habías seguido mi consejo. Sonreí, pero me acobardé. Hice como que no te había visto y me fui.
Ahora me arrepiento de lo que hice. Entendí que las zapatillas que llevo puestas están hechas para ser compartidas sólo contigo.
Todos los días vuelvo a esa calle, esperando verte pasar con tu guitarra y tus pies desnudos.
Te los curaré, te pondré las zapatillas y te cantaré una canción. Luego te llevaré hasta el pueblo más cercano para que nos tomemos el helado que una vez me ofreciste; el helado de vainilla que no pudimos disfrutar a causa de un desvío.